Promesa de nidos y glicinas para el Día de la Conciencia Ambiental
Las especies diversas y sus hábitat y relaciones que nos ayudan a entender la trama en la que convivimos pero miramos como de afuera.
Apreciar
la mariposa de la primavera que nuestros pueblos llaman flores aladas es un
privilegio de la vida, como saber del paseo de las abejas para fraguar la miel
desde la tan sencilla como amable visita a los estambres. Un privilegio, lo
mismo que hallar al paso tres huevitos de tero bien camuflados en el pasto en
estos días de setiembre. Ayer pasamos por Larroque, en el departamento Gualeguaychú, y nos sorprendieron gratamente las pérgolas del
acceso Urquiza, cargadas de glicinas, y las glicinas cargadas de mangangás.
Impecable simbiosis de varias especies, incluida la nuestra, para darnos un
paisaje único. También nos impactó el hijo del Árbol de Schindler plantado en
la Estación, como emblema verde del encuentro de los pueblos, de la valiente
lucha contra la muerte. Las vidas manifestadas en pétalos, alas, escamas,
plumas, hojas, saltos de agua, brisas, lluvias, frutos; esas vidas también se
dicen en nuestros ojos, nuestra palabra, nuestra conciencia ambiental. ¿No es la palabra un fruto de la
biodiversidad, como los trinos, como el zumbido? Sabernos integrados en esa
biodiversidad es también parte de la naturaleza. La cultura está adentro, no está
enfrente, y menos arriba.
Conversamos
sobre esa trama el viernes en la escuela Horizontes, de la ciudad de María
Esther de Miguel, con un grupo de chicas, chicos, docentes, que lograron
ingresar al aula los aromas de la selva, el vuelo de las aves y las mariposas,
las condiciones de nuestros animalitos del monte, del río, con un
aprovechamiento espléndido del maratón de lectura, pleno en participación.
Aulas
atravesadas por los sonidos de la naturaleza, el chistido de una lechuza; aulas
abiertas a los animalitos de a la vuelta, esos bichitos tantas veces
menospreciados; y un grupo de alumnos y alumnas con un entusiasmo a la vista,
porque la naturaleza seduce, la naturaleza nos abona la imaginación y el amor.
Setiembre
de chañares
Este
lunes 27 de setiembre se conmemora en la Argentina el “Día Nacional de la
Conciencia Ambiental”, una oportunidad para volver a la vida que nos rodea y
nos constituye, y que se da de mil maneras, incluso en las vetas hermosas de
las piedras chinas, una marca en el litoral. Y así en la arena, el trino de las
aves, el cielo estrellado, el croar de las ranas en el charco de al lado; en
los brillos de los killis nacidos del polvo, o en el amarillo pleno de los
montes de espinillo que en setiembre pueblan y perfuman la región de orilla a
orilla y más allá.
Las
lomadas, las islas, la red de arroyos, van formando la trama que nos contiene,
y también las montañas al oeste, y el mar que de una u otra manera nos baña a
todos, a todas.
Conocemos
varias teorías más o menos sostenidas sobre la vida. Unas dicen que el mundo se
va desgastando lentamente y tiende al caos y la muerte a largo plazo, otras
dicen que la vida ofrece resistencia al caos y renueva a cada instante la
organización de las cosas.
Ninguna
de esas hipótesis nos priva de maravillarnos ante un nido con tres huevitos que
darán en pocos días tres bellísimas criaturas de patitas largas, siempre en
alerta desde el primer minuto de sus vidas. Ninguna hipótesis nos puede opacar
el embeleso en el Patito Sirirí, con el chañar en su esplendor y el río de
arena de este 2021 en Paraná.
Casi 9
millones
Se
presume que hay en el mundo casi 9 millones de especies animales, vegetales,
hongos, de las que se han registrado menos de 2 millones, las demás son
supuestas; y los entendidos estiman que en pocas décadas se extinguirán cientos
de miles de especies que aún no conocemos. Contaminación, calentamiento,
inundaciones, sequías: veremos quién resiste.
El Día de
la Conciencia Ambiental tiene, pues, un lado alentador que consiste en
detenernos un rato a mirar a nuestro alrededor, mirarnos a nosotros mismos,
nosotras mismas, en el espejo de la naturaleza, en las piedras, los árboles,
las aves, los peces, las mariposas. Y otro lado inquietante: constatar la
altanería humana y sus efectos dañinos sobre la vida. No de todos los seres
humanos, claro está, pero ocurre que en los últimos siglos las diversas
corrientes políticas han pecado por igual de extractivismo y contaminación y
antropocentrismo, de ahí que a todos nos cueste tirar la primera piedra, como
se dice.
Residuos
en los arroyos, quema de basurales, riego con sustancias químicas de peligrosos
efectos acumulativos sobre los embriones, riego de los lugares de recarga del
agua subterránea, erosión acelerada del suelo, tala rasa…
Esta
jornada de homenaje al ambiente fue elegida en memoria de siete personas que
fallecieron por inhalar un gas venenoso en una casa de Avellaneda, Buenos
Aires, un día así de 1993. Es decir: tomamos conciencia en el momento
explosivo, no con prevención sino obligados por la fatalidad.
Esa
tragedia motorizó la ley 24605 que declara el Día de la Conciencia, para evitar
las enfermedades y la muerte provocadas por la desidia humana, para conocer la
naturaleza y los peligros de nuestras acciones o inacciones, para conversar
sobre nuestra pertenencia a la biodiversidad. Conversar, que no es poco,
escuchar, con actitud para el consenso.
¿Cuánto
hemos logrado desde entonces? Vale en la fecha un examen de nuestras conductas
con actitud crítica y autocrítica.
De ahí
que recuperamos en este Día fragmentos del paseo que hemos realizado, en
distintas oportunidades, por las plazas de nuestra biodiversidad, si el
conocimiento nos permite la valoración, la defensa, la conciencia en suma, y el
amor al pago que no tiene precio.
Serpiente
de agua
Cada
especie es un mundo, un mundo integrado a los demás, y en verdad que conocemos
poco y nada. Uno de los compañeros en que nos hemos detenido se llama
salamandra, o lola, o Lepidosiren paradoxa, una suerte de serpiente de agua con
aletas que podemos confundir con patitas; un pez que respira con pulmones,
fósil viviente si los hay.
Nosotros
conocemos a estas hermanas bajo el repetido título de los diarios: “Hallan
monstruoso pez con dientes humanos”, y tonterías por el estilo. Las salamandras
ya eran tales cuando nosotros como especie no estábamos aún en los planes, y
con qué altanería las maltratamos hoy.
No muy
distinto a lo que hacemos con los mamíferos que tienen origen en el tiempo de
ñaupa, sin mayores cambios, a quienes conocemos aplastados en las banquinas,
como ocurre con el mbicuré, también llamado zarigüeya, comadreja.
Su modo
es tranquilo, su trote natural, ¿es natural un fierro lanzado a 120 kilómetros
por hora, como una guillotina, en nuestras rutas?
Los
comentarios sobre la comadreja pueden ser interminables. El marsupio, la
crianza, los relatos de Marcos Sastre en El Tempe Argentino sobre el cuidado de
la prole, los versos de Claudio Martínez Payva en “Guacho”…
Dráculas
autóctonos
Si los
niños de la región están, como se dice, enfrascados en los movimientos, el
color, la música, de los aportes del celular y la computadora, también es
cierto que la naturaleza tiene sus encantos. No hablamos de competencia, claro,
pero tampoco descartamos que un animal enorme como el carpincho llame la atención,
y lo mismo el ñandú, o qué decir de los fósiles del lagarto de plata
(argyrosaurus) o el mastodonte, en este mismo territorio.
Hay
compañeros con carisma y otros víctimas de prejuicios. En los palmares, por
caso, el Desmodus rotundus, murciélago vampiro. Tiene mala fama porque suele
transmitir la rabia, y porque, como vampiro que es, fue familiarizado con
Drácula. Sin embargo, he aquí un ejemplo de su práctica: llega la noche, tiene
hambre, acude a un animal de gran tamaño, clava dos dientitos en la pata o en
el lomo, y su saliva anticoagulante le asegura algunas gotitas que él lame con
una pequeña lengüita de gato. Así de sencillo. Ya en su descanso, en algún
hueco, su amiguito de al lado le avisa que no comió, y entonces el Desmodus
acude a su estómago y devuelve un poquito: el chupasangre es el más generoso de
los animales, no dejará a un compañero en la vía.
El
marandová
Entre los
animalitos que nacieron estrellados, por los mitos y las creencias del hombre,
están los gusanos, y algunos se salvan si se los asocia a la siguiente fase de
su metamorfosis: la mariposa.
La
esfinge, mariposa nocturna, de bello traje aterciopelado, desova en las
enredaderas. Allí nace el marandová y se pone pipón hasta convertirse en un
hermoso gusano verde con decorados violáceos en diagonal, y enterrarse luego
para volver en otra bella mariposa nocturna, cumpliendo el círculo que nos
llena de asombro.
Conocer
por conocer, es una expresión de soberanía, de resistencia al utilitarismo. En
eso estamos aquí, con las mariposas.
Pero
veamos: enterada del nacimiento del marandová, la avispita llamada Cotesia
acude al encuentro y lo parasita con cuarenta puñaladas, cada cual con su
respectivo huevito. El marandová intenta librarse del ataque, pero Cotesia pone
los huevos con un virus que vive sentado en su ADN, cosa increíble. Se supone
que esa asociación viene de los tiempos de los dinosaurios. Ese Bracovirus sólo
expresa su individualidad en la puesta, y anestesia al hospedante. Cuando el
gusano recobra fuerzas, los huevos de Cotesia ya están fijos. La larva de la
mariposa caerá desahuciada, y en sus restos explotarán los hijos de la
avispita. No todo es un camino de rosas entre nuestros semejantes, claro está,
como no lo es en nosotros.
Arriando
banderas
Murciélagos
y mariposas nocturnas, dijimos, y ya asomado el sol nos asombra en los palmares
una colonia de banderas argentinas en un vuelo azaroso de alas plateadas con
rumbo cierto. Fueron larvas rojinegras en el coronillo y otras pocas especies,
hoy son pañuelos al aire. Qué regalo.
¿Cuántos
coronillos caen en la tala rasa, que practicamos a razón de 10.000 hectáreas y
más por año en nuestro territorio entrerriano? ¿Cuántas banderas argentinas
arriamos con la tala rasa? La soberanía territorial exige a veces, para su
protección, esfuerzos y determinaciones que pueden no estar a nuestro alcance
inmediato, pero ¿qué hay de la soberanía en el conocimiento? ¿No podemos
cultivar nuestra conciencia en relación con la biodiversidad, visitando a
nuestros pares para entablar un diálogo, prestándoles atención? ¿Qué estructura
colonial del saber deberemos vencer para abrirnos al entorno, para inclinarnos?
Símbolos
naturales
Cuando
las mujeres y los hombres de la Argentina elegimos al hornero como ave
nacional, tal vez por su arquitectura impresionante, su afán de trabajo, su
cercanía, también pusimos unos votos al tero, que es el ave nacional de
Uruguay, y al cóndor, el ave nacional de varios países de la cordillera. Unos
por atentos, otros como emblemas de la vida comunitaria, el caso es que en el
Día de la Conciencia Ambiental podemos reconocer que en nuestros símbolos
prevalece la naturaleza, la misma que nos recibió como especie hace sólo 12 mil
años acá.
El
ceibo, la flor nacional, la misma que en Uruguay; y el sol como expresión de
vida, luz, calor, tradición, en el centro del cielo de nuestra Bandera. Por
donde miremos aflora el jardín.
No
alcanza, entonces, con cuestionar la contaminación, el saqueo de los bienes
comunes, el transporte invasivo que cambia el concepto de río por el de
hidrovía, la manipulación genética, la vida dispendiosa y el consumismo, donde
predominan la competencia y el individualismo sobre la convivencia y la
comunidad. El Día Nacional de la Conciencia Ambiental nos llama a revisar los riesgos
de nuestros hábitos, como nos llama a entendernos mejor en el monte, en los
humedales, en la cuenca. Conocemos un porcentaje menor de las especies, y las
conocemos poco. En la medida en que hagamos un cachito de silencio para que se
manifiesten nuestros compañeros, la conciencia, el cuidado, el amor, la
preservación, vendrán por añadidura. Conciencia ambiental pude ser, entonces,
más una actitud de escucha y reflexión que una bajada de línea.
Esto
nos ha inspirado nuestro encuentro con estudiantes y docentes de la escuela
Horizontes. Con ese nombre, con ese acierto, no esperamos menos.
Daniel
Tirso Fiorotto
UNO, sábado
25 de Septiembre de 2021