ALABADO SEA EL ZAPATAZO DE MUNTAZER
Oh, poder desanudar los cordones, uno a uno, con delicadeza y goce y lentamente.
¡Oh!, tomar el primer zapato con el rostro sereno y la
mano firme, extender el brazo hacia atrás, bien atrás, y robar impulso al fondo
de los infiernos y lanzar ese zapato como se lanza no un misil sino un… zapato
a la cabeza del régimen.
Lanzarlo, sí, contra el resumen del régimen que es esa
cabezota cínica, contra ese régimen de muerte cebado en la ambición, de
masacres sin causa.
Y sin respirar casi, agacharse, agarrar el otro zapato
y tragarse de una toda la energía del universo para vomitarla de una, en ese
nuevo esplendoroso boleo hasta el punto exacto en que el régimen genocida se
expresa, la cabezota de George Bush.
Y lanzar ese zapato con tanta puntería que permita al
genocida cuerpearlo con un mínimo de reflejos, para que sienta el genocida la
satisfacción de esquivar un zapatazo y sienta la humanidad qué terrible debió
ser para las niñas, los niños, las madres de Iraq, qué espantoso no poder
esquivar uno de sus cien mil misiles.
Ellos, pobrecitos ellos, no tuvieron oportunidad de
cuerpear los bombardeos del régimen que tiene en Bush una fachada.
Tanto llanto, tantas lágrimas incontenibles de tanta
madre iraquí merecían este acto de entrega y no violento, pleno en símbolos,
preñado de historia, para despedir al déspota con un gesto a su medida. El
zapatazo, ¿no fue inventado, acaso, por la humanidad para despedir a Bush?
Hubo, sí, prezapatazos de toda laya, pero el summum, el zapatazo propiamente
dicho, el memorable, desde el fondo de los tiempos y para la eternidad, allí
está, en la tevé, en las páginas de internet, los blog, para arrancarnos una
sonrisa ante tanto horror.
Muntazer Al Zaidi ha honrado al periodismo. Porque si
un gesto así, en la cornisa, no cuadra en el ejercicio de esta profesión en
tiempos llamados “normales”, otra cosa es ese mundo en guerra. Allí los
decálogos se van al carajo. Para la guerra hay otros códigos, en la guerra
rigen otras leyes muy distintas de las de entrecasa. Y en la fantochada de una
conferencia de prensa sólo hecha para servir al régimen invasor, Muntazer
contestó con la creatividad de un hombre singular, con la genialidad de un
poeta.
¡Qué zapatazo! ¡Qué bella expresión de energía vital!
¡Qué ejemplo de pluralidad y tolerancia, ante un régimen provocador que se las
cree, que pretendió ufanarse; un régimen que se ha autodesignado gendarme del
planeta y sus alrededores y, sin embargo, llegado el caso, no sólo está
tambaleando como Goliat ante David sino que apenas si tiene energía para
esquivarle al inofensivo y brillante poemita desacordonado de Muntazer.
Toda una lección de periodismo, porque nos ha quemado
los libros: ¿desde cuándo es noticia que un periodista lance un zapatazo a un
perro? Toda una lección: ¿desde cuándo cree este señor que el periodismo está
para el uso del poderoso, como un profiláctico? Toda una lección: Muntazer nos
acaba de explicar eso de que el periodista es, antes que periodista, persona, y
que la dignidad no se negocia.
Muntazer supo ver que los niños, las madres de Iraq
merecen otras respuestas, no los sofismas de una conferencia de prensa para
pocos y estadounidenses. Muntazer no dejó que lo violaran de nuevo, y con esa
rebelión se ganó nuestros corazones.
Sin matar a nadie, Muntazer acaba de sepultar una de
las fachadas del régimen, y le acaba de advertir al mundo (y a Obama, de paso)
que entre los 7.000 millones de seres humanos que poblamos la superficie del
planeta bien podríamos juntar unos 14.000 millones de zapatos, zapatillas,
chancletas y alpargatas para enfrentar los misiles del régimen.
Los abogados no tendrán inconvenientes para
defenderte, querido Muntazer. ¿Qué distancia hay entre el lugar obvio (o por
los menos convencional) de tus zapatos (tus pies) y la cabezota esa? ¿Cinco
cagados metros? ¿Y qué distancia separa el lugar justo de Bush (la cárcel, o un
panteón en Washington por genocida, o en el mejor de los casos para él, su
rancho en Texas) y esa sala de conferencias de Bagdad? ¿15.000 kilómetros? Ergo:
¿el zapato fue a chocar en la cabeza de Bush, o la cabeza de Bush fue a
chocar en el zapato?
El gran zapatazo necesitaba dos requisitos: un iraquí,
porque el derecho es de los iraquíes, y un Muntazer con gran determinación. Por
eso los restantes espectadores que no somos Muntazer ni iraquíes ni Bush
tenemos vedado el protagonismo.
De ahí que nuestros zapatos resulten en verdad
inofensivos, pero guarda: los que estamos en contra de la pena de muerte, los
que no dañaríamos a nuestros peores enemigos (ni siquiera a los que torturaron
y mataron), bien podemos convertir nuestros zapatos en esos campanazos que no
matan, que no hieren, que no deshonran siquiera porque para ser deshonrado hay
que tener, antes, honra. (Y guarda a los autócratas vernáculos, que se ufanan
en su poder infinito, guarda porque Muntazer enseñó las ventajas de quedar
descalzo por un momento).
El zapatazo de Al Zaidi no hizo más que poner las
cosas en su lugar, y esos zapatos, quedó a la vista, le quedaban como propios a
la cabeza del régimen.
Ahora que ya verificamos que Iraq NO tenía armas de
destrucción masiva, como lo suponíamos pese a los inventos bien promocionados
del régimen; que Hussein NO se ocupaba en fabricar esas armas de destrucción
masiva. Ahora que sabemos que los presidentes de los Estados Unidos SÍ se
ocuparon de construir armas de destrucción masiva. Ahora nos preguntamos por
qué la invasión no fue al revés, para librarnos del gran genocida, que a esta
altura estaría, claro, sepultado y sin cabeza donde apuntar un zapato.
Por cada vida destrozada, un zapatazo. Bush y su
régimen mataron a un millón de iraquíes ya. (No contaremos aquí a cuántos más
mata día a día el imperialismo en el planeta). Bebés, niñas, niños, jóvenes,
mujeres, obreros, docentes, enfermeras… Según los cálculos, a un zapatazo por
día, estaremos 3.000 años zapateando sobre la cabezota del régimen.
Pero, de corazón, el zapatazo de Muntazer, nuestro
amigo Muntazer, fue tan gigantesco para la humanidad que uno imagina esos
zapatos no ya rozándole a Bush la cínica sino los zapatos en un gran boleo en
el traste para mandarlo a la estratósfera y advertirles a los suyos: sigan,
señores, con sus misiles, que a nosotros nos sobran cordones por desanudar, y
más nos sobra de esta sana envidia a Muntazer, el grande.
*Daniel Tirso Fiorotto. Nota publicada en la revista
Análisis, horas después de los zapatazos lanzados por Muntazer a Bush en
diciembre de 2008.