Deuda con la memoria comunitaria de nuestros pueblos ancestrales
La vigencia del Reglamento de Tierras, que un 10 de setiembre de 1815 devolvió estancias a los "nadie" y abonó la tradición guaraní.// Fruto de la revolución federal, el Reglamento estuvo enmarcado en una serie de documentos liminares y luchas, donde la sangre indígena y gaucha se puso al servicio de la “soberanía particular de los pueblos”, es decir, no del verticalismo militar, corporativo, estatal, sino de las comunidades autónomas, y de la unidad en la diversidad, hacia una confederación. Todo muy lejos del federalismo lavado y vertical, ese contrasentido prendido con alfileres en nuestra Constitución.
Este 10 de setiembre
se cumplirán 207 años de la firma del Reglamento. Corría 1815. Se imponía
entonces la monarquía y la concentración del poder, pero esta reforma
agraria en cambio cuajaba en otro patrón que se entiende mejor en la rama
artiguista encabezada por Andrés Guacurarí. Era la democracia llamada
inorgánica que, como dice Oscar Bruschera, “no desciende de las normas de
un derecho nacional y abstracto, sino que brota, casi como una fuerza de la
naturaleza”.
Tierra para los
pueblos ancestrales, los afroamericanos, los gauchos pobres, las viudas con
hijos. ¿De dónde sacar esas superficies? De “los malos europeos y peores
americanos”, es decir, los privilegiados que se resistían a la revolución.
Familias con acceso
al suelo que les daría alimentos y posibilidades de intercambios. Pueblos
emancipados, con sus propias leyes, sus propios puertos. Confederación de
pueblos con una capital cualquiera pero que no fuera la heredera de la colonia,
es decir Buenos Aires (hoy el AMBA, la capital y sus alrededores dentro de la
provincia de Buenos Aires). La revolución federal trunca está en las antípodas
del sistema actual y por eso continúa interrogándonos, si las crisis crónicas
de la Argentina exhiben las fallas del sistema triunfante.
Mandisoví y el
Espinillo
Era el mismo año 1815
en que el litoral argentino oriental, la Liga de los Pueblos Libres, había
izado la bandera tricolor en homenaje a la sangre derramada por la
independencia y la república. Un año y pico antes, 1813, los pueblos guaraníes
luchaban en Mandisoví, en cercanías de la actual Federación, convencidos
algunos de que el camino era la soberanía particular de los pueblos, objetivo
central de las luchas artiguistas, y otros enrolados con el poder unitario
porteño. Y también los orientales y entrerrianos resistían en la vecindad de
los arroyos Espinillo y Sauce, a poco de Paraná, una invasión colonial porteña
(1814) destinada a destruir la revolución federal y matar a José Artigas, para
implantar el sistema vertical, es decir, una cierta continuidad con distintos
nombres. Es inocultable la presencia entrerriana en esta fuente autonomista. La
amistad entrerriano oriental, la hermandad de estos pueblos, cargaba con una
tradición milenaria desde las culturas comunitarias que tenían a los ríos como
plazas, no como fronteras, desde hacía por lo menos dos mil años.
Con las derrotas de
las resistencias indígenas y de la revolución federal, seguidas de las derrotas
de otras gestiones federales e indígenas, en Paysandú con Leandro Gómez y Lucas
Píriz, en el noroeste con Pañaloza y Varela, en Entre Ríos con López Jordán, en
Neuquén con Sayhueque, en Paraguay con Francisco Solano López, por dar algunos
ejemplos diversos, al país le pusieron un traje del sistema vertical,
despótico, racista, uniformador, colonizado, anticomunitario, con sectores de
privilegio que viven parasitando lo poco que queda de la vida comunitaria. Y
donde el Estado se maquilla de padre benefactor para desplazar los lazos
comunitarios, desvirtuando las relaciones horizontales.
Decíamos que en las
Misiones lideradas por Guacurarí se nota quizá con mayor transparencia la revolución
federal comunitaria (con Entre Ríos como protagonista también),
porque allí se comprendió la doctrina de la “soberanía particular de los
pueblos” unidos en confederación.
“Los cabildos
misioneros tuvieron mayor representatividad y mucho más importancia política
que los de Corrientes o Buenos Aires”, dice el estudioso Salvador Cabral. En
ese mundo ancestral, que incorpora algunas experiencias de Europa, el
federalismo y la independencia fluyen con las convicciones autonómicas y con el
acceso a parcelas para el trabajo colectivo. Si para toda la Liga de los
Pueblos Libres el Reglamento de Tierras es una de las bisagras fundamentales de
la revolución, para las comunidades indígenas de antigua base grupal, y
comprometidas en esa revolución, significa una reivindicación extraordinaria.
Veamos esa
participación horizontal en una de las instituciones, según la voz de Salvador
Cabral. “Los cabildos de la provincia misionera gobernada por Andresito Artigas
(Guacurarí) eran todo lo contrario (a los demás cabildos sometidos a los
monarcas). Traídos por los jesuitas al seno de sus comunidades, como órganos de
deliberación y resolución, y teniendo en cuenta el carácter democrático de la
organización de los guaraníes precolombinos, con sus asambleas capacitadas para
destituir caciques, el cabildo llegó a ser una verdadera síntesis, de la
democracia elemental de los indígenas, y de la institución traída por los
castellanos. Si bien en las organizaciones misioneras los cabildos tenían una
gran importancia, cuando el gobierno de Andresito, ausentes los sacerdotes de
paternalismo influyente, e integrados a la Confederación artiguista,
intransigente éste (Artigas) en su posición de la ‘soberanía particular de los
pueblos’, los cabildos guaraníes misioneros vuelven a tomar una dimensión,
quizá mayor aún que la que tenían cuando las viejas misiones. Toda la economía
de la zona estaba bajo la administración de los mismos”.
Mirarse el ombligo
Dice el estudioso
Juan González: “Andresito, criado por su madre india guaraní e instruido por el
cura párroco de Santo Tomé, Martín Céspedes, fue aprendiendo a leer y escribir
español, como ampliar sus conocimientos, y con él seguramente las ideas
republicanas y democráticas que le harían entender cómo la cultura de su pueblo
histórico es superadora en su sentido humanista, en convivencia solidaria,
comunitaria. Entender la importancia de su relación con la naturaleza tan
profundamente incorporada en su lengua originaria”.
Un dato muy
significativo para los entrerrianos: saber que, ya en la declinación de la
lucha federal, mientras varios caudillos y combatientes presos con Guacurarí en
Brasil volvían a Montevideo, Andresito en cambio quería radicarse en
Concepción del Uruguay. Guacurarí, uno de nuestros próceres principales,
combatió como otros contra la opresión portuguesa y por la vida comunitaria.
Pero invadidos por la historia “oficial” porteña hemos sacado de la educación
formal la conciencia comunitaria y nuestras luchas por la independencia
enfrentando a Portugal, para concentrarnos en lo que hizo, claro, Buenos Aires,
si es sabido que el colonizador vive mirándose el ombligo. Del mismo modo,
influidos por la cultura militar guerrera, solemos destacar a los pueblos
de espada o con pirámides y menospreciar la lengua impregnada de biodiversidad
y la economía de reciprocidad, tesoros ancestrales inconmensurables de nuestro
litoral.
Al volver la mirada a
la relación espiritual de las comunidades con el territorio y con los
alimentos, en ocasión del Reglamento que recordamos en este mes; y volverla
cuando el país sufre el desarraigo, el destierro y el hacinamiento de millones
(flagelos que cruzan diversas gestiones de gobierno por décadas y que están
vigentes hoy), nos preguntamos por las respuestas ancestrales a problemas
actuales. Respuestas tan claras y a la vez tan ninguneadas por el poder
vertical expresado en las corporaciones y los estados nacional, provinciales,
municipales, y sus partidos gobernantes. Tierra, saberes, biodiversidad,
alimentos, comunidad, autonomía, van de la mano, se potencian mutuamente.
Territorio en suma.
Ninguneo de la
vecindad
Si consideramos la
interpretación de Silvia Rivera Cusicanqui acerca de la diferencia entre la
esfera del “tejido” en el género femenino y la esfera del “mapa” en el
masculino, podemos decir que el estado y las corporaciones, con sus fuerzas
militares, sus fronteras, sus leyes, sus bajadas de línea, su control de las
finanzas, sus medios hegemónicos, constituyen el mapa; en cambio las
comunidades, las relaciones barriales, campesinas, familiares ampliadas, los
vínculos con el paisaje, la artes, por encima de las fronteras incluso,
pertenecen a la esfera del tejido.
Así como en una casa
lucen las paredes, la mampostería, pero el edificio está sostenido por las
columnas, las vigas, los fierros, el hormigón, si hacemos un paralelo con la
sociedad veremos las paredes, lo que luce, lo que se muestra, que serían las
corporaciones, los medios masivos, las estructuras de poder, los estados, pero
las columnas y las vigas son las comunidades. Las culturas, los conocimientos
(tradiciones, símbolos, espiritualidades), los vínculos, los símbolos, las
lenguas que expresan estas cosmovisiones de las comunidades, son los cimientos
y las columnas. Pero los sectores de poder efímero toman preeminencia y pisan esa
vida comunal, de modo que las mismas comunidades llegan a confundirse y delegar
todas las funciones en sistemas verticales.
El tejido que
sostiene las naciones está compuesto por comunidades. El barullo del poder
confunde, como confunde la pintura de una casa que oculta debilidades, grietas,
humedades. El silencio oscuro de una viga escondida simboliza el silencio de
las comunidades que, como veremos, ni siquiera salen de su urdimbre cuando
parecen participar de la vida llamada “pública”, porque lo hacen a veces en
estructuras verticales que no las expresan.
El poder es efímero.
Como la pared, se puede cambiar, se puede pintar, se puede abrir para colocar
una ventana. Lo que da solidez al edificio, las columnas, las vigas, en la
nación son las comunidades. Claro que de un modo distinto: en la casa el sostén
es rígido, en la sociedad el sostén es elástico; las rigideces son fuentes de
conflicto y destrucción. Y en esa rigidez encajan no sólo las estructuras
verticales militares sino también las estructuras verticales políticas. Ocurre
hasta en pequeños poblados que un intendente, por caso, antes que escuchar a su
vecindad obedece los mandatos de Buenos Aires.
Hablamos de
comunidades diversas que han tenido base cultural en la armonía y la
reciprocidad, y sabemos que la mayoría de ellas ha sufrido el deterioro del
tejido social por la conquista y la colonización, y aquellas sobrevivientes
incluso en muchos casos se ven obligadas a absorber valores y sistemas extraños
que las desnaturalizan.
El municipio, la
provincia, la nación, los jueces, los legisladores, los periodistas, los
sindicalistas, los intelectuales, los empresarios, los colegios profesionales,
nos presentamos con tanta fuerza y tanta propaganda que en ese barullo se
pierde el día a día del barrio, la familia, los grupos más o menos extendidos.
Se pierde, es cierto, para quien no esté abierto a los mensajes del silencio.
Tierra y comunidad
La comunidad está
menospreciada e invadida, tapada por el ruido de las estructuras pasajeras de
poder. Se expresa por ahí en asambleas, cooperadoras, vecindad, reclamos por la
licencia social, y en tramas diversas. Si las comunidades advirtieran que
no son mampostería sino columnas, que son las vigas, actuarían en consecuencia.
Como dice la protagonista
de un cuento de la escritora Ana María Martínez en referencia al barrio Humito
de Paraná: “El día que esta gente se dé cuenta que con los caballos y los
carros pueden tomar la plaza de Mayo, nadie los va a parar nunca jamás”.
Pero la función del Estado
y las corporaciones y las instituciones dadoras de prestigios y estatus dentro
del sistema occidental moderno, impuesto como receta colonial, consiste en
ocultarles a las comunidades su importancia superior, intervenir esa trama,
reemplazar la vida comunitaria por acciones verticales a través de varias vías,
una de ellas el soborno, con sus mil y una caras bonitas.
La trama, insistimos,
es fuerte y flexible, capaz de soportar acciones invasivas. La comunidad tiene
el atributo de simular inexistencia, de formar fila en apariencia, pero cuando
las recetas importadas muestran sus resultados devastadores, allí está la
trama, la comunidad, reverdeciendo. Y es lo que se espera cuando el mundo se
apega a sistemas destructivos del ambiente o naturaliza los arsenales
nucleares, esas espadas de Damocles sobre las especies.
Desde la visión
occidental moderna racionalista, individualista, se suele acusar a la comunidad
de reaccionaria, de entorpecer cambios. En esos casilleros somos incapaces de
comprender las condiciones extraordinarias del ser humano en comunidad
hospitalaria, del trabajo colectivo y festivo (la minga); de la armonía con el
resto de la naturaleza, de las personas inclinadas ante la Pachamama. Por miles
de años se han desplegado comunidades bajo el principio del vivir bien y buen
convivir, es decir, sin escindir la especie humana de la
biodiversidad. Cuando nos estamos topando con los límites del supuesto
crecimiento advertimos que aquellos saberes recuperan su verdor. El Reglamento
de Tierras se dictó, pues, en un marco comunitario que se muestra mejor en el
norte de la mesopotamia pero nos expresa a todos. No se trata sólo de dividir
parcelas y repartirlas para continuar con normas verticales, sin participación
auténtica de la vecindad. Al Reglamento hay que mirarlo en su contexto, y
ese contexto se comprende en los saberes guaraníes que dicen comunidad,
territorio, reciprocidad, horizontalidad, armonía de nuestra especie con el
resto de la biodiversidad, bajo el lema “que los más infelices sean los
privilegiados”, donde “nadie es más que nadie”. Por donde se lo mire,
el Reglamento de Tierras interpretado en su ambiente es un reproche
al sistema vertical despótico vigente hoy que, por distintas vías, ningunea y
parasita la vida comunitaria.
Daniel Tirso
Fiorotto. UNO. Domingo 04 de Septiembre de 2022