Dos meses y siete días en canoa de la isla Caridad a Puerto Sánchez
Mediodía en la arena y con visitas, alrededor de Minga Ayala, en la presentación del libro “Mujer de la costa”, con historias que pintan la vida comunitaria. “Siempre la mano tendida para cualquier ocasión”, escribe la autora en homenaje a su compañero.
La familia Ayala, una pareja
con ocho gurises, remó durante dos meses y siete días desde la histórica Isla
Caridad (entre Colón y Paysandú), río abajo por el Uruguay, y remontando el
Paraná, hasta la capital entrerriana.
Natividad Dominga Ayala, la
Minga, tenía 8 años entonces y recuerda las peripecias del viaje en soledad de
hace 82 años como si fueran ayer.
Ya en Puerto Sánchez y con un
hijo en brazos la encontró Linares Cardozo, pintó la escena y le compuso la
Canción de cuna costera, un emblema del cancionero entrerriano que recorre el
mundo y se canta en diversos idiomas. Ese niño de ayer acompañó hace pocos días
a Minga en la presentación de la obra " Mujer de la costa", en
Puerto Sánchez.
Mediodía de emociones. Minga
respondía preguntas de la vecindad y por ahí la voz entrecortada de un hombre
que le agradecía en público las atenciones que le brindó en su niñez.
Feliz iniciativa del grupo 170
Escalones, con la participación de Franco Giorda, Pablo Russo, Paola
Calabretta, Manuel Siri y otros comunicadores. El libro sintetiza el mundo
costero con anécdotas, semblanzas, amistades, poemas, agradecimientos.
Palabra de Minga
El discurso de Minga fue el
más corto que hayamos escuchado en una presentación. No sé si pasó las diez
palabras. Pero entonces, con buen tino, los organizadores dieron lugar a las
preguntas y ahí se explayó la autora. Aquí algunos fragmentos de sus
comentarios.
“Obtuve la acreditación de haber
terminado la escuela Primaria. Cuando le conté mi historia a mi maestro, el
señor Andrés Petric, un museólogo, me dijo: ‘usted podría escribir su historia,
como un rescate cultural’. Así que fui guardando recortes de diario,
entrevistas, cosas, dado que yo venía de conocer a Linares Cardozo, mucha gente
de la música como Aníbal Sampayo, Ramón Ayala, Miguel Zurdo Martínez. Entonces,
cuando la pandemia, ya había terminado unas costuras que tenía, plantitas de
jardín, cosas, me puse a juntar lo que tenía. Así nace este libro”.
“Cuando llegué (a Puerto
Sánchez) había un rancho a distancia de otro, hasta 30 metros, 40, eran ranchos
de techos de paja, paredes de adobe, o de capipotí, que es la partecita donde
florece la paja. Y el medio de vida era diferente. Vivíamos con lo que el río,
las islas, nos ofrecían. Hacíamos cualquier cosa. Nosotros nunca nos quedamos
con la pesca; si no había pique en la zona nos íbamos a pescar a lugares
distantes. Tan es así que cuando mi esposo fallece ya había llevado vivero,
mallas, canoa, un peoncito, en una camioneta hasta Brugo. Y él viajaba al día
siguiente. Falleció esa noche en el año 86. Nunca nos quedamos con pescar,
trabajamos en la deforestación y reforestación de árboles de otros lugares,
pero no dieron resultado. Hoy permanecen los autóctonos. Así, viviendo acá
conocí una flora diferente a la del Uruguay, por ejemplo: el sarandí que allá
se ve en las costas, acá no tanto, casi nada, y así muchos árboles, el viraró,
el ingá, el canelón, árboles de la costa uruguayense acá he visto poco. Todo
diferente era”.
“Después se fue poblando,
hicieron casitas elevadas, primero hicieron doce, después otras trece, esto
solucionó en parte la situación de las inundaciones. Se hizo el terraplén, se
consolidó con gaviones de piedra mora, y siempre trabajando acá, trayendo
chilcas para formar la base de los terraplenes, pero era todo
distinto. Las casas estaban al nivel del río, lavábamos en el río, consumíamos
agua del río, nos alumbrábamos con candiles hechos con grasa de pescado, y así.
Además, las casas elevadas estaban al pie de la barranca y con la vista al
río”.
Minga Ayala vive hoy en
Crespo, por eso le preguntaron si extrañaba. “Al principio extrañé mucho, yo
desde mi balconcito, en el descanso de mi escalera de diez escalones,
contemplaba las tardecitas de otoño, esos atardeceres arrobadores que en otro
lugar no vi nunca. Lo que más extrañaba era eso”.
La odisea
El viaje familiar desde las
inmediaciones de Colón hasta Paraná en 1940 les llevó dos meses y siete días.
Minga tenía 8 años, y así lo recordó ante sus seguidores, familiares y amigos.
“Mi papá cuidaba hacienda en
la isla Caridad. Una isla histórica frente a Paysandú. Allá se producían inundaciones
por los vientos. Fue en una de esas circunstancias que deciden venir a la costa
del Paraná, que se podía pescar y tener la casa en lugar seguro. Partimos de
Colón con lo indispensable en una embarcación precaria construida por mi padre,
aguas abajo del Uruguay. Antes de llegar a Concepción del Uruguay nos
sorprendió una tormenta muy grande, nos refugiamos atrás de los sarandises. Era
el comienzo. Seguimos, después en la costa de Gualeguaychú el río muy extenso,
la menor brisa embravecía el oleaje, a veces no encontrábamos tierra para
acampar y nos conformábamos entre los juncos, carrizos, totoras, sentaditos en
la canoa. Éramos diez, ocho gurises y mi papá y mi mamá. Aunque estábamos
familiarizados con el río, esa noche no dormíamos, escuchábamos el croar de las
ranas, las aves nocturnas, el golpe de agua contra la vegetación, así que
deseábamos que llegue el nuevo día y seguíamos viaje”.
“Siempre encontramos gente muy
linda, hospitalaria, servicial, jugábamos con los chicos lugareños cuando
encontrábamos alguna casa. A veces pasábamos días que no encontrábamos a nadie,
y aprovechábamos los días lindos para navegar; a veces nos sorprendía la noche
navegando. Los gurises llevábamos la canoa con una piola desde la serreta, le
llamábamos sirga, caminar por costa, tirando de esa piola, y una persona mayor
timoneando, que no se vaya la proa hacia la orilla. Así que también
colaborábamos en eso”.
“Navegamos por costas de
islas, porque era más seguro. Entrando al río Paraná las barrancas muy altas
soy traicioneras en tiempo de tormenta. Entones buscábamos costas de islas de
manera de guarecernos en caso de tormenta, sacar la canoa a tierra y esas
cosas. Llegamos acá. Teníamos una recomendación expedida por Prefectura. Nos
presentamos. Nos dijeron que podíamos desembarcar a pocos metros de Puerto
Nuevo, en un rinconcito llamado Puerto Sánchez. Y aquí vivimos. Al tiempo mi
familia se fue, hoy están presentes hijos de una hermana mía, que se fueron de
nuevo. Navegando aguas abajo llegaron a Punta Lara. Allá se radicaron. Yo me
quedé, y a los 18 años conocí a Martín Domingo Almada, mi esposo. Un
hombre conocedor de casi todas las cosas referentes a islas, costas, montes,
muy respetado, no sabía leer ni escribir pero sacaba las cuentas mentalmente de
un corte de rancho, de una red, tenía esa virtud. Tuve tres hijos, una hija
mujer y dos varones …”
Agradecida
Decenas de anécdotas en la
obra de Natividad Dominga Ayala, como esta que relató con la serenidad que la
caracteriza. No hay espacio aquí para recordar los ejemplos de hospitalidad de
su familia crecida en hijos propios y del corazón, y de su vecindad; la vida
austera y difícil; pero basta decir que en su vocabulario hay una palabra que
se repite a cada momento: “gracias”.
“Una vida de sacrificio, una
vida dura, pero linda al fin”, resumió.
La obra se consigue, hay que
buscarla en 170 escalones y en verdad que la biblioteca la espera. “Entre
barrancas, sauzales/ y barcas de pescadores/ levantamos un ranchito/ rodeado de
humildes flores./ Como dos almas gemelas/ nos fuimos complementando/ y llegamos
a buen puerto/ siempre remando, remando… De todos eras amigo, / no importaba la
condición,/ siempre tu mano tendida/ para cualquier ocasión”. El poema “Recordándote”,
de Minga, muestra de amor y comunidad.
No faltarán en la obra
Linares, Puerto Sánchez, la lucha contra el represamiento; relatos sobre
animales, sobre el mate, sobre conocimientos isleros y leyendas. Y entrañables
fotografías con amigos que están en el corazón.
Daniel Tirso Fiorotto. UNO. Domingo 21 de Agosto de 2022